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Siempre me ha sorprendido la fascinación que ejercen sobre nosotros las noticias sobre  guerras, asesinatos, robos, corrupción, estafas... etc., y la poca atención que prestamos a los  acontecimientos  de tipo altruista. La televisión, los diarios y los medios de comunicación en general suelen hacerse eco de las malas noticias  en primera página.  La conclusión que  podríamos sacar es que el mal  es lo que más abunda, que estamos rodeados de mala gente y que el mundo es una selva en el que lo que importa es el dinero , el poder y sobrevivir, aunque sea a costa de pisotear a los demás. Así, hemos acabado aceptando como natural  que haya corrupción en la política, porque a fin de cuentas, «todos los políticos son iguales»;  que  nuestros gobiernos trafiquen con armas, porque a fin de cuentas «si no lo hace nuestro gobierno lo hará otro»; que los ricos oculten su dinero  a Hacienda en paraisos fiscales porque «si yo pudiera también lo haría»; y que los «señores de la guerra», con el beneplácito de los gobiernos occidentales,  tengan atemorizados y hambrientos a pueblos enteros en Somalia, Liberia, Congo, Chechenia, Irak… etc., porque a fin de cuentas «alguien tiene que explotar las riquezas de esos paises sin gobierno».

Incluso, últimamente, aceptamos como irremediable el funcionamiento abusivo de los poderes financieros, políticos y de algunas multinacionales que nos imponen sus reglas utilizando sus influencias, porque «nosotros no podemos hacer nada para evitarlo».


Pero lo cierto es que  sí podemos hacer algo para evitarlo y que lo que más abunda no es el mal si no el bien, solo que para  verlo tenemos que echar una ojeada a nuestro alrededor con otra óptica. Hay muchos médicos y enfermeras que atienden a los enfermos con cariño y profesionalidad en jornadas interminables, a pesar de tener unos salarios  justitos; hay muchos donantes de órganos  y de sangre, cuyas donaciones aumentan cada año, salvando vidas; hay muchísimos voluntarios que ayudan a repartir comida en Cáritas;  hay muchos vecinos que ayudan a los desahuciados de sus viviendas por los bancos;  abundan los médicos repartidos por todo el mundo en Médicos Sin Fronteras; son mayoría los ciudadanos que pagan sus impuestos sin hacer trampas. Sí, eso es lo que más abunda,   la «buena gente». 
Entonces, si la «buena gente» somos mayoría, ¿qué hace falta para que lo que cuenten sean las personas,  y para que los derechos humanos y la justicia social estén por encima de los intereses económicos de unos pocos?
Lo que hace falta es  que los ciudadanos ejerzamos nuestro poder: 

Como consumidores, comprando solo a las empresas que tengan comportamientos éticos, rechazando a las que realizan prácticas no éticas o abusivas; Como ciudadanos,  no votando a los partidos que encubran a sus políticos corruptos, apoyando  solamente a los que sean tajantes contra este tipo de prácticas. Exigiendo transparencia en todo lo público,  divulgando los comportamientos oscuros a través de internet. Dando prioridad a  la defensa del medio ambiente y promoviendo el uso de energías limpias que garanticen la supervivencia del planeta y de la propia especie,  rechazando las que no lo son.  

 

¿Y qué más podemos hacer?  

 

Comunicarnos a través de las redes sociales, adoptando y divulgando la filosofía de vida trenkiana, el «altruismo egoista». 


¡Podemos hacernos amigos de  Zúu!, el simpático extraterrestre que explica  muchas cosas  interesantes sobre el planeta Trenk al profesor Mark Herrando.  

 

Zúu quiere tener un millón de amigos. Hazte miembro del grupo AMIGOS DE TRENK en Facebook e invita también a todos los que piensen que las cosas en la Tierra pueden ser como en Trenk. Entre todos aportaremos ideas y cambiaremos mentalidades.

 

Date una vuelta por esta web y hazte AMIGO DE TRENK.
Y si quieres vivir las aventuras de Mark y Zúu, lee la novela que te recomiendo en esta página web. 

 

José Velasco Jiménez, autor de la novela  «Zúu, mi amigo de Trenk».